El Zócalo es una plaza cuya característica urbana principal está
en la relación geométrica extensión-vacío. Es la segunda plaza más grande del
mundo, únicamente contenida por símbolos arquitectónicos que narran la historia
de la ciudad de México. Podría ser representativa de la arquitectura a cielo
abierto que heredamos de la tradición indígena urbano-arquitectónica y que
responde a una cosmovisión que también hubiésemos querido heredar. El zócalo es
una plaza que a excepción de la bandera mexicana, se encuentra despojada de elementos;
ello, le permite poseer una riqueza simbólica nacional inigualable puesto que implica
la relación ineludible del individuo con su historia y con el otro. Es la plaza
que constituye al mexicano. En este
sentido, el zócalo confronta y al mismo tiempo otorga: le recuerda su poder al
pueblo y le reclama su obligación a ejercerlo. Por esto, no hay lugar mejor
para la protesta, para la promesa o el acto solemne de tomar posesión de lo que
al pueblo pertenece ¡porque el poder del pueblo es el poder de la plaza pública!
La estrategia de los “arbolitos felices” que plantea el gobierno
de la ciudad para el zócalo, no es más que una intrusión. Detenta contra la
relación simbólica que existe en nuestra plaza pública: Hoy, cuando miramos al
cielo, la bandera se posa triunfante, hacia el infinito y ante el azul del
cielo. No sólo habrá obstáculos que nos impidan verla, sino también
relacionarnos con los otros y sus límites. ¡Qué difícil será ver cara a cara al
presidente un 15 de septiembre y poder gritarle de frente: TRAIDOR A LA PATRIA!

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