miércoles, 29 de enero de 2014

La estrategia es la de eliminar la plaza pública.

El Zócalo es una plaza cuya característica urbana principal está en la relación geométrica extensión-vacío. Es la segunda plaza más grande del mundo, únicamente contenida por símbolos arquitectónicos que narran la historia de la ciudad de México. Podría ser representativa de la arquitectura a cielo abierto que heredamos de la tradición indígena urbano-arquitectónica y que responde a una cosmovisión que también hubiésemos querido heredar. El zócalo es una plaza que a excepción de la bandera mexicana, se encuentra despojada de elementos; ello, le permite poseer una riqueza simbólica nacional inigualable puesto que implica la relación ineludible del individuo con su historia y con el otro. Es la plaza que constituye al mexicano. En este sentido, el zócalo confronta y al mismo tiempo otorga: le recuerda su poder al pueblo y le reclama su obligación a ejercerlo. Por esto, no hay lugar mejor para la protesta, para la promesa o el acto solemne de tomar posesión de lo que al pueblo pertenece ¡porque el poder del pueblo es el poder de la plaza pública!


La estrategia de los “arbolitos felices” que plantea el gobierno de la ciudad para el zócalo, no es más que una intrusión. Detenta contra la relación simbólica que existe en nuestra plaza pública: Hoy, cuando miramos al cielo, la bandera se posa triunfante, hacia el infinito y ante el azul del cielo. No sólo habrá obstáculos que nos impidan verla, sino también relacionarnos con los otros y sus límites. ¡Qué difícil será ver cara a cara al presidente un 15 de septiembre y poder gritarle de frente: TRAIDOR A LA PATRIA!


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