Últimamente, no he podido dejar de pensar en qué sucede
cuando nos encontramos en ese momento en que las palabras ya no son suficientes. Porque he reconocido
que hay momentos en que simplemente es imposible usarlas, ya sea porque no las
encontramos, no las conocemos o las hemos usado tantas veces que han perdido su
significado. A esto, tengo que agregar
que muchas veces la posibilidad de sustituirlas con groserías es más accesible
que esforzarse por solucionar alguna de las carencias anteriores.
Veamos, la imposibilidad de usar las palabras normalmente
tiene que ver con un acontecimiento específico en el cual nos vemos
involucrados, la mayoría de las veces son momentos incómodos, molestos o
ajenos; y es ahí cuando aparecen más sentimientos que palabras, estamos alertas
a la situación pero no necesariamente a las palabras que la describen, para
nuestra mala suerte, esto sucede después, al reflexionar sobre lo acontecido y
encontrar tantas palabras, todas perfectas, para haber usado en ese momento que
desafortunadamente ya pasó. Claro, también están los casos en que por algún
motivo inexplicable, y que tal vez requeriría
psicoanalizarnos, simplemente no recordamos esa palabra o ese nombre en
el momento justo en que queremos utilizarla; sino hasta que ya no es necesaria.
Por supuesto, todos nos hemos encontrado recorriendo el mismo camino tantas veces que hemos dejado de observarlo; así cuando hemos pronunciado tantas veces las mismas palabras comenzamos a olvidar qué significaban, por ejemplo cuando hemos discutido los mismos temas, cuando hemos repetido tantas veces las mismas palabras de aliento o cuando hemos reclamado las mismas cosas de la misma manera.
Por último, me detengo un poco a reflexionar sobre los casos
anteriores, pues en todos ellos existen siempre dos salidas, la primera
básicamente implica relajarse y tomarse un momento para pensar en lo que
realmente se quiere decir, nuestro cerebro desafía el tiempo porque resuelve
múltiples cosas de manera simultánea, así que podríamos confiar un poco en él y
relajarnos, de tal manera que nos evite arrojarnos a la segunda opción, ésta es
la salida fácil y nuestro último caso: la sustitución de las palabras por los gritos y las groserías.
¿Por qué es tan sencillo recurrir a sustituir palabras por
groserías? Porque obtenemos resultados inmediatos. Sin embargo, estas palabras
se vuelven comodines en la forma en que nos expresarnos pues una sola palabra
puede significar múltiples cosas dependiendo el contexto o la entonación. Y
así, sin darnos cuenta comenzamos a
usarlas de forma recurrente. Es casi como subir nuestro cerebro al auto para
desplazarlo media cuadra. Finalmente me
pregunto, y a casi todos nos ha pasado, qué sucede cuando una persona dispuesta
a sustituir palabras por groserías discute con otra que no recurre a ellas… A
mi parecer a alguna de estas tarde o temprano se le acabarán las palabras y
no creo que haya tantas groserías para utilizar.