Siempre supe que viviría poco. Mi pasado es un elemento nítido, recuerdo, de manera perfectible, a mis abuelos, mi madre y todos los amigos que atravesaron la puerta de la casa, el parque México; con especial claridad el auto guinda que conducía a los dieciséis y las buganvilleas que habían invadido la entrada de la casa.
La cosmovisión indígena de Latinoamérica coincide en valorar el presente, tener enfrente al pasado (que se concibe y funciona como guía), dejando el futuro a nuestras espaldas porque no podemos poseerlo ni asegurarlo.
Desde niño aprendí que el futuro estaba por delante: contradicción. Yo no tengo. Nuestra cultura valora el presente, teniendo enfrente el futuro: el futuro como aspiración; anhelo que se construye en el presente. El pasado ya no existe.
Existo, en proporción con lo que he vivido… no sé; porque entonces me atrevería a crear recuerdos de momentos inexistentes: Contradicción.
Todavía puedo apreciar la música, la literatura y el cine; todos, documentos del pasado.
Nota: Desde mi ventana, un pájaro se posa en la verja de la entrada; carga una flor en el pico: pronto jugaré en el jardín del gigante. (This is where I want to be (…) until the final flicker of life's ember.)
Una de las proposiciones en que Aristóteles reduce la moral socrática dice: El conocimiento es la virtud: Lo escribí en la pared que se encuentra a los pies de mi cama cuando tenía veintidós años. Hasta ahora, que mi pasado me ha tornado sigiloso; mudo, sé a qué me refería cuando me atreví a transgredir el tapiz del muro con las palabras de Sócrates. A través del conocimiento de mi pasado; sé quién soy: Transición. (Sur: regreso al amor)
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