lunes, 11 de octubre de 2010

4. Tiempo


Él dijo que vestiría un traje caqui. ¡Qué prueba de la existencia habrá mayor que la suerte de estar viviendo sin verte y muriendo en tu presencia![1] Tenía un gusto impecable.
Tomaría un refresco frío: su favorito. Nunca pudo averiguar los ingredientes del sabor tan peculiar de la bebida que tanto añoraba; realmente, nunca quiso saberlo; siempre pensó que su lengua lo había descubierto desde el primer trago pero se había reservado tan preciada información, lo cierto es que estaba consciente de su gusto por la intriga: Cáscaras de plátano, vainilla; cereza tal vez… Estaría tan frío que le quitaría el dolor, le recordaría aquellos días de intenso calor y de céfiros incesantes. Sería su última satisfacción, regresaría al amor en ese primer trago y culminaría en el paroxismo: su última oportunidad y tal vez la primera. Ya te vas para no volver[2]. Creyó que partiría en ese momento, cerró los ojos imitando el sueño, pero no fue así; los abrió  otra vez –me equivoqué, aun no es momento- faltaba algo, determinado en cualquier instante –Cómo partir y hacerlos creer que fue a propósito- Bromeó a pesar de la sangre y el dolor. Yo era otro, siendo el mismo, yo era el que quiere irse[3]. Le faltaba tiempo.


[1] Xavier Villaurrutia; “Décima muerte”
[2] Ruben Darío; “Juventud, divino tesoro”.
[3] Alfonso Reyes

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